Apuntar fuera del maniqueísmo (Un intento de conversación epistolar con Rafael Lugo)

Colaboración a Gkillcity. Si comentan, mejor si lo hacen por allá, así le damos movimiento al tema. Siempre me ha parecido tan raro que se repliquen los artículos sin decirle ni pío al autor.

La idea era poner el tema de la modernidad en la palestra. Se centra en el tema de la identidad personal y política. Desde ellos quería generar curiosidad hacia estudios relativos a estos temas. Creo que desconocerlos forma parte de la continua recreación de lenguajes cargados de antagonismos (¿ya?) baratos en Ecuador. En ellos veo confusión, escasa imaginación pero, sobre todo, inconformidad.  La idea era invitar a mirar hacia más lugares. ¡En fin!, quedo atento.

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El 22 de febrero, Rafael Lugo publicó un texto en GkillCity.com, donde reflexiona sobre el dualismo que reina nuestras formas de pensar y actuar en Ecuador. Menciona el nivel maniqueo en el que se mueven muchas de nuestras opiniones políticas y morales, aquí quisiera aportar –a la manera de las preguntas y reflexiones abiertas de Rafael–, a imaginar de una manera más amplia y constructiva el lugar inevitable en el que nos encontramos.

Lugo pregunta: “¿Se han puesto a pensar de dónde viene este maniqueísmo horroroso que nos limita casi al nivel de un ladrillo intelectual?”. El escenario que plantea no es imaginario sino real y como tal, algo que toca asumir para luego comenzar a caminar. Hay muchas maneras de explicar este maniqueísmo, me detendré en una interpretativa, una que apele a la manera en que nos imaginamos y entendemos.[1]

Mi clave de lectura requiere centrarnos en la “modernidad” (me escurro de la idea de posmodernidad[2]). Este período se caracteriza por: 1) el surgimiento de la comprensión de los individuos como ciudadanos iguales en dignidades, deberes y derechos y, por lo tanto, como constructores autónomos de su vida personal y social;, 2) el surgimiento del Estado-Nación concebido como instrumento que garantiza la vida buena de los individuos que integran la sociedad, pero también como como aparato que expresa, de una manera aún poco clara en Ecuador, la identidad general de todos estos individuos como sociedad (puede ser plural, yo creo que lo es) y, 3) el surgimiento de la esfera pública (prensa, publicaciones de particulares, tv, internet, etc.) y otras esferas alternativas al poder político formal, relativamente independientes y que, funcionan a la manera de espacio de discusión sobre la vida de la sociedad y sus metas relativamente comunes, todo ello desde instancias no necesariamente “políticas” que, sin embargo, fungen a la manera de supervisores, críticos o constructores de la dirección de la sociedad.

La sociedad política premoderna, en cambio, se caracterizaba por otro tipo de estructura de carácter vertical y jerárquico. En ella se creía que un poder trascendente fungía como el estructurador de la vida social y de la identidad: así, los individuos comprendían su vida como girando alrededor de este gran imaginario y, de las figuras que representaban terrenalmente a este gran poder –la Iglesia y el derecho de los reyes, etc–. Aquí no había dignidad igualitaria, cada cual valía por el lugar que ocupaba en esa escala social (“el honor”) y, desde el cual, contribuía a la permanencia y estabilidad de este gran orden “natural”. Pretender salir de él, cambiarlo o evadirlo implicaba salir del orden de las cosas, lo cual, se concebía, nos podía sacar de la estabilidad. Ése era el tiempo de los herejes oficiales.

En Ecuador vivimos una transición aún poco clara de este giro: Desde el medioevo hacia acá, este horizonte de trascendencia desapareció o cambió de lugar y dejó de ser el referente oficial tanto de la identidad, como del orden social. Algunas lecturas de la modernidad dicen que nos volvimos adultos, yo me sumo a la lectura de personas que dicen que nos movimos para bien, pero que no hemos llegado a nada conclusivo. ¿En qué problemas nos encontramos ahora y qué relación guardan con el maniqueísmo? Señalo dos de los que me interesan: la identidad personal y política. Poner atención a la nueva manera de concebirlos puede ayudar a crear ese lenguaje e imaginación más amplios que necesitamos para entender mejor en dónde estamos y cómo podemos construir lo que queremos:

En lo relativo a la identidad personal: en la vida contemporánea entendemos la identidad como algo que definimos desde la autonomía: defino mi identidad como yo quiera. Pero cuando comenzamos a preguntarnos qué quiere decir eso parecemos deslizarnos hacia el relativismo o el individualismo ( “cada uno, cada uno”). Ahí pasa algo que la clave de lectura nos permite ver: una vez que desapareció este gran horizonte universal de significado pasamos a no tener claro cómo decidir en temas de diferencia moral, eso parece conducirnos a aferrarnos a una u otra postura con radicalidad, todo lo cual redunda en dificultad para discutir temas morales o políticos pues, desde el fin de la creencia absoluta en referentes universales, hemos pasado a una gran diversidad. Ahora nos preguntamos “finalmente, ¿quién tiene la razón?” Para salir del atolladero tenemos que comenzar a estar conscientes de que ser ya no hay absolutos sino constructos.

En lo relativo a la identidad política: ya no tenemos reyes, somos ciudadanos, todo lo cual genera nuevas preguntas. Si todo ciudadano cuenta pero también es diverso cultural e ideológicamente: ¿cómo construimos las líneas generales de nuestra vida política?, ¿por los rasgos históricos del pasado?, ¿por los rasgos ocultos y pisoteados de ese pasado?, ¿quién decide cuál es esta historia?, ¿son varias?, ¿puede haber un suelo común para ellas? si es así, ¿puede ser estática esa historia o se renueva?, ¿se construye sólo desde arriba (desde lo que “nos dan” o “nos quitan”)?, ¿o tal vez podemos jugar algún rol adicional? Me inclino por una comprensión activa de la ciudadanía y sus relaciones con el destino de la sociedad, simplemente no creo que si ahora todos somos algo así como adultos modernos todo lo resolvamos SÓLO por grandes aparatos, representación y mayorías puras y simples. La modernidad implica un mayor esfuerzo en la construcción de la vida social. Profundizar en qué implica todo esto puede enriquecer nuestra vida política. pero el requisito está en comenzar a comprender que nos hallamos en un mundo que desde hace mucho comienza estar marcado por la diversidad y la formulación de nuevas maneras de vivir la vida social. Concuerdo con Rafael. Aquí el maniqueísmo paranoico nos ayuda poco. El mejor paso puede ser una relativa escucha de la diferencia, algo de paciencia, mayor compromiso en la construcción de la vida social y un poco más de humildad. Ya no hay verdades totales, hay formulaciones más o menos efectivas, creencias que orientan y motivan, pero sobre todo un escenario abierto y novedoso en el que la capacidad de hablar y desplegar ideas, sumado de la atención constructiva a la crítica pueden fungir de orientadores y potenciadores de una vida social, política y moral más satisfactoria.

Por lo pronto, son mis aportes a las preguntas y llamados de Rafael, con el tiempo, espero contribuir más.


[1] Alguien alguna vez decía algo que me parecía muy cierto. A veces este espacio se vuelve un gran alarde de “cultura”. Quisiera ayudar a superar eso. Dejo algunos referentes que me han señalado caminos de imaginación y comprensión más amplia: Charles Taylor, Disenchantment and Reenchantment, Laicidad y libertad de conciencia, La ética de la autenticidad, Democratic Exclusion (and its Remedies?); Benjamin Constant, La libertad de los antiguos comparada con la libertad de los modernos; Isaiah Berlin, Dos conceptos de libertad; Peter Berger, On the Obsolescene of the Concept of Honour. De todos puedo compartir pdf’s, links (Constant está en internet), o tomarme el trabajo de realizar algún escaneado. Sería genial poder comenzar a pensar en un archivo conjunto de las fuentes que utilizamos para las discusiones por acá pero tal vez eso sea motivo de otra conversación en la caja de comentarios.

[2] Conozco menos a quienes sostienen este término. En lo personal creo que los posmodernos enriquecen los problemas de la modernidad pero no lo suficiente para hablar de algo así como un período cerrado.

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