“Querido betunerito”

Hace un par de semanas hay una nueva estatua en nuestra ciudad. Es tu estatua, betunerito. Es un niño (podría haber sido una niña también) con su cajón de betunes, haciendo tu trabajo de todos los días: lustrando los zapatos de un adulto “invisible” a cambio de unas monedas.

Se hizo un homenaje en tu nombre cuando la mostraron por primera vez, mi betunerito. ¿Te invitaron? Imagino que no, porque no te vi en las fotos. Pero estuvo nuestro Alcalde y estuvieron otras personas grandes e importantes. Lo sé también por las fotos.

En varias de ellas tu estatua le estaba lustrando el zapato a nuestro Alcalde. Al parecer, él se ofreció voluntariamente para darle cara al adulto “invisible” al que tu estatua le luztra los zapatos. Al parecer, sentarse en la banca de tu estatua era algo importante para él y lo conmovió ya que te observaba con ojos de ternura mientras dejaba que le tomaran fotos a tu lado. O mas bien, observaba con ternura a tu estatua porque tu no fuiste invitado. Extraño homenaje el que no invita a quien celebra.

Sí, somos extraños los adultos, betunerito. ¿Cómo explicártelo? Yo también soy adulto y entiendo. Me da vergüenza confesártelo, pero entiendo.

Nos “enorgullece” tu estatua porque sentimos que tu y los otros betuneritos “son parte de nuestra historia y tradiciones”. Nos hace sentir “artísticos”. Ojalá fueras ya sólo parte de nuestra historia. Pero tal vez quienes te hicieron la estatua así lo creen. Tal vez por eso no te invitaron. Los adultos tantas veces no te vemos. Es la verdad.

Nos “enorgullece” tu estatua porque hay varios betuneritos hoy que ya son adultos como nosotros. Fueron los pocos que no sucumbieron a las drogas, el hambre, los abusos, la vida de calle. Pero olvidamos a los otros, porque creemos necesario sentir orgullo. Y ellos también olvidaron a los otros que quedaron atrás, porque la historia la escriben los que triunfan. Y ellos triunfaron.

Nos “enorgullece” tu estatua porque sentimos que estamos siendo “buenos”. No es fácil ser bueno y ser adulto, betunerito. Es un gran esfuerzo. Y cuando lo logramos, nos sentimos orgullosos. “Un buen hombre”, decimos. “Una gran mujer”. “Un buen cristiano” aventuramos otros. Y eso nos hace sentir grandes, betunerito.

Sí, betunerito. Hasta sentimos que con tu homenaje, nos congraciamos con el “Altísimo”. Nuevamente, olvidamos lo que no nos conviene y nos repetimos lo que nos enorgullece. Olvidamos que nos dijeron que lo que hiciéramos contigo, se lo habríamos hecho a Dios mismo. ¿Le pondríamos el pie al “Altísimo” para que nos lustrara los zapatos? ¿Diríamos que es homenaje al “Altísimo” hacerle una estatua en que aparezca hecho niño lustrando zapatos?

Pues eso hemos hecho. Perdónanos, betunerito. Que nos perdone el “Altísimo” también. Que tu estatua nos recuerde que detrás de nuestros orgullos escondemos nuestras vergüenzas. Pero que aquello no tiene por qué ser así. Tú, al igual que el “Altísimo”, sigues esperando que terminen nuestros homenajes y empecemos a construir una sociedad en donde tú y nuestros hijos compartan las mismas oportunidades. Tal vez entonces, ya no necesitemos homenajes. Tu vida será entonces verdadero homenaje en la tierra y en el cielo.

Un pensamiento en ““Querido betunerito”

  1. Fernando Insua E.

    Qué dice socio,

    Me parece un bonito texto y, como te decía, no se me había ocurrido preguntarme si los chicos habían sido invitados. Conocí esta noticia de rebote y no le puse mayor atención pues me desagradó ver cómo se encaminaba a una nueva pelea entre líderes en donde todos nos quedamos mirando. En fin, me quedo con tu pregunta y voy a chequear si efectivamente no los invitaron.

    Algunos puntos sueltos que este tema y tu texto me traen a la cabeza:
    1. Sobre la pelea entre líderes, a mi me sirve y me parece más constructivo y más “feliz”, mirarla como un choque de visiones sobre la vida buena del país y la ciudad. Cuando me aproximo a ver las cosas así, siento que las dejo de demonizar y me puedo preguntar de mejor manera, qué es lo bueno o lo malo de la visión de cada uno, en vez de limitarme a ver si cada uno calza en mi cuadro del líder más justo. Creo que ése es el ejercicio del ciudadano común (no de todos, pero lo que se encuentra fácil) y me parece aburridor. Aun me pregunto cómo podemos ser tan poco creativos para pensar o reaccionar. En fin, no te lo atribuyo, pero es algo que surge cuando pienso en este tema. No sé cómo lo veas tú.

    2. Sobre la invocación del Altísimo, sabes, siento que ahí el texto guarda una buena intención, la reflexión de Dios, su plan y nuestro rol en él pero lo siento algo elevado. Me gusta su cariño pero lo considero un inicio. Por qué? Aquí vamos a la segunda cosa que siento en la ciudad, y me puedo equivocar, siento que la reflexión puede correr el riesgo de quedarse en ti. Me ha encantado tu deseo de salir y plasmarla, creo que eso hace mucha falta. Salir y plasmarla nos puede indicar más caminos. De lo dicho ya me pones dos de frente:

    – ¿qué dice un betunero de esta estatua? (o más de uno, varios de ellos). Puede ser una manera interesante de caminar hacia la concreción de una respuesta. Por qué este aparente desespero de indicar un camino? porque me encuentro con muchas reflexiones, sobre todo las de carácter político y religioso, limitadas al hecho de decir y volver a la casa, algo así como “ya hice mi trabajo, allá cada quien” y no estoy de acuerdo con eso. No creo que eso implique ir a salvar el mundo, pero sí puede implicar perseguir “la moción” de este tipo de eventos y acercarnos a lo que en ellos nos “llama”. Creo que eso nos va dando indicios cada vez más complejos y completos, de lo que hay detrás de estos temas.

    – conoces fuentes informativas sobre trabajo infantil en la ciudad? sería interesante enriquecer la reflexión mirando alguna o algunas.

    3. Ampliando lo del tema del Altísimo, el deseo y la culpa:
    Tu texto buscar interpelar pero parece interpelar desde la culpa (aunque de manera amable y amigable y eso está muy bien). En lo personal, ese camino me lleva una y otra vez al cansancio y la desesperación. Cuando miro las cosas así, desde lo que “debería ser” en el sentido de una interpelación moral (Dios quiere, “pero nosotros”, “pero ellos”, “pero yo”), no queda nadie con cabeza (me incluyo). Pero eso, aunque parezca “duro” luego tiene otra cara, la de la autocompasión melosa (la dulzura de sentirse pecador perdonado, pues, quién tiene todas las respuestas o decir que es absolutamente coherente?) y así seguimos con el ciclo.

    Con este último punto tal vez se me entienda mal: creo que manteniendo esas polaridades (cuestionarnos moralmente y saber perdonarnos) sí se puede ser más creativo. En lo personal cuando experimento sensaciones de cuestionamiento moral (social, personal), comenzar a ir hacia afuera me ha ido llevando a concretar elementos de los problemas que siento que debo denunciar , elementos de las respuestas y de mis propias limitaciones (y las de los actores en el entorno). Eso sí que ha resultado enriquecedor y, en cierto sentido alivia y motiva aun más a conocer a participar de ese entorno en el que participamos y por el cual nos sentimos interpelados. Quién sabe a dónde más nos llevará?

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